La Canción Húngara del Suicidio

La Canción Húngara del Suicidio

En los años turbulentos de la década de 1930, una canción comenzó a tejerse en el manto de la leyenda: una melodía sombría poseía el poder de empujar al abismo a quienes la escucharan. Esta no era cualquier canción, sino «Gloomy Sunday«, una obra que adquirió notoriedad mundial gracias a la interpretación emotiva de Billie Holiday.

Las raíces de esta canción se hunden en el corazón de Hungría, donde se gestó con el sombrío título de «Szomorú vasárnap«. Fue compuesta en 1933 por Rezső Seress, un talentoso pianista y compositor húngaro que supo capturar una desesperación y belleza trágica en cada nota, inspirada después de un desengaño amoroso, con ayuda de un poeta amigo  László Jávor. Evocaba una desesperación tan profunda que se decía resonaba en el alma de quienes la escuchaban.

La versión en inglés, con letras de Sam Lewis, llevó a la canción a un nuevo público y le contagió el inquietante sobrenombre de «la canción húngara del suicidio«.

A lo largo de los años, los rumores y anécdotas alarmantes se acumularon, pues llegó a relacionarse con hasta 18 suicidios provocados presuntamente por su escucha: parejas que la escuchaban terminaban trágicamente, momentos de intimidad se convertían en escenas de desolación… La conexión entre la canción y su funesto resultado se convirtió en un fenómeno que alimentó tanto la curiosidad morbosa como el temor supersticioso.

La canción fue prohibida en la BBC durante 66 años (1936 a 2002), así como en algunos estados de EUA, en el Reino Unido y en Hungría.

En una escalofriante vuelta del destino, Rezső Seress, el creador de esta obra sombría, se quitó la vida en 1968, arrojándose por el balcón de su apartamento, más de tres décadas después de haber dado vida a la melodía que algunos consideran maldita. Su muerte no hizo sino acrecentar el aura oscura que rodeaba a «Gloomy Sunday«.

La canción dejó una huella indeleble en la cultura popular, recordándonos la oscura fascinación que a menudo ejercen las leyendas urbanas.

Más que una simple composición, «Gloomy Sunday» se convirtió en un espejo de nuestra propia fragilidad emocional, un recordatorio del poder que la música puede ejercer sobre el espíritu humano, tanto para elevar como para sumir en la desesperación.

Aquí puedes escucharla, pero, ¡con prudencia!

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2 Comments
  • Esperanza Galindo
    Posted at 16:18h, 21 junio Responder

    Creo que la música no tiene tanto poder, al menos ese poder mágico. Nos gusta creer en la magia, como en los milagros. Es una canción realmente triste; se percibe esa tristeza o sentido trágico; pero naturalmente se suicida el que se iba a suicidar, con canción o sin ella. ¿No crees?

    • Jordi A. Jauset
      Posted at 19:49h, 21 junio Responder

      Hola Esperanza, en mi opinión, el «poder» de la música es su influencia en las emociones y estado de ánimo. Entiendo que no es que la música sea la causa directa pero sí la indirecta. Si estoy deprimido y escucha una música (o incluso unas palabras) que aumenta mi estado depresivo, podría conducirme a tomar esa malograda decisión conductual. Sabemos que nuestra conducta depende del estado de ánimo y ello puede inducir unas u otras conductas. Es lo que creo. Saludos,

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